miércoles, 23 de noviembre de 2011

Bangalore

Bueno, la verdad es que como suelo decir, me encantaría tener más tiempo para escribir, pero lamentablemente, estoy muy ocupado viviendo... Esta crónica debería haber estado colgada aquí hace ya algo de tiempo, pero entre el trabajo y vicisitudes varias de la vida, no he tenido ocasión de terminarla... hasta hoy.

Tras la planificación inicial, preparativos y el típico etc., el viernes salí de trabajar a mi hora habitual y, tras pasar por casa a hacer la maleta, emprendimos camino hacia el autobús cuya parada, por suerte, estaba cerca de casa. De hecho, tuvimos que ir media hora antes porque al señor de la agencia le dio la real gana de, sin aviso, adelantar la salida del "sleeper bus" que nos llevaría a Bangalore, capital del estado de Karnataka, a unos 600 km.

Era la primera vez que cogíamos un "sleeper bus", y estábamos bastante ilusionados con la idea, ya que a la vuelta de Hampi tuve la ocasión de subir a uno y ver que estaba muy bien y sería una manera más cómoda de pasar la noche. Como su nombre indica, es un autobús "donde se duerme", es decir, que en vez de asientos reclinables tiene camas. El que vi en Hospet tenía a un lado camas dobles y al otro camas individuales. A su vez, todas éstas se distribuían en camas arriba y abajo, con lo que el bus, en su interior, se dividía en 4 partes, por decirlo de alguna manera. De hecho pensábamos inicialmente que el que nos iba a llevar en este viaje sería así, pero al entrar nos dimos cuenta de que no era así: éste tenía habitáculos con 4 camas distribuidas en 2 literas.

El concepto de viajar durmiendo en una cama es maravilloso... en un país con carreteras decentes, claro. En India, no sabes cuándo va a llegar ese bache que te va a despertar o que te va a sorprender levitando, como Shiva en su nirvana. Tras esta experiencia puedo afirmar que, aunque haya sido por unos segundos, he volado. Por el otro lado, como esta buena gente no tiene el mismo concepto de alimentación que nosotros (en su mayoría por el tema del vegetarianismo extremo, y por ende, no comen casi carne), están "más canijos", y con lo cual, su estatura es más reducida que la de los europeos... con esto quiero decir que yo, con mis 186 cm de longitud, no puedo dormir estirado, con lo que la famosa postura del "feto" o como la llamamos Ana y yo, la del "koala", es la más socorrida y apreciada.

La sorpresa llegó cuando, en mitad de la nada, el autobus paró, y no estábamos en Bangalore. Algo pasaba. Cómo no, sin informarnos y con mucha prisa, nos hicieron bajar del bus y coger nuestro equipaje. Tras tomar un chai, vimos cómo toda la gente que viajaba con nosotros se abalanzaba sobre un autobús que, como diría el gran Eduardo Mendoza, era "un punto por encima de cutre y cuatro por debajo de decente". Nos pagamos el billete y allí echamos una minisiesta hasta Bangalore, aún desconociendo los motivos, pero suponiendo que lógicamente el autobús se había averiado.

La primera impresión acerca de la ciudad fue "es diferente"... mucho parque, mucha tienda, mucho movimiento. Desde donde nos dejó el bus hasta el hotel dimos un agradable tour por la ciudad que nos ayudó a ver cuán diferente era de la Hyderabad en la que estamos acostumbrados a vivir, sobre todo por algo que puede parecer en principio una minucia: había aceras para caminar. Parece que no, pero aquí es algo que la gente proviniente de una "sociedad civilizada" apreciamos, y así evitamos jugarnos la vida cada dos por tres por el mero hecho de andar por la calle.

El hotel estaba muy bien y bastante céntrico, y tras dejar "los trastos" y darnos una ducha, decidimos salir "ar calle" a dar una vuelta. Estábamos muy cerca de Brigade Road, que a mí particularmente me recordó a cualquier calle de UK, con tiendas a los lados y con un estilo muy europeo, como ya nos comentó la gente antes de emprender este viaje. La juventud aquí vestía de manera bastante diferente a como estamos acostumbrados a ver en nuestra Hyderabad: ropa actual, mangas cortas y vaqueros decían adiós a las largas túnicas, hiyabs y saris. Se respiraba juventud y libertad (aparente, por supuesto).

Una larguísima MG Road (Mahatma Gandhi Road, la hay en casi todas las ciudades) casi divide la ciudad y es inevitable, en cualquier momento del día, no pasar o cruzar por ella. Pocos templos y muchas iglesias... probablemente es la ciudad con más iglesias y colegios católicos que haya visto en mi vida. Eso sí, la catedral... decepcionante en todos los sentidos, pero sinceramente no se puede pedir más.

El fin de semana nos lo tomamos en general con mucha tranquilidad y no nos queríamos agobiar en ver esto o aquello: el objetivo era dejarnos llevar. Asistimos a unas jornadas de Silicon India acerca de aplicaciones Android para móviles, pero tras unas cuantas ponencias, decidimos que hacer cualquier otra cosa sería más fructífero, ya que escuchar a ponentes que lo más parecido a una presentación que habían hecho en su vida era recitar la tabla de multiplicar del 1 era un poco desconcertante y falto de contenido. Así que optamos por pasear por el Fuerte (pequeño, bonito y austero), por el Palacio (idem eadem idem) y por los templos cercanos (una maravilla, como prácticamente todos). Por la noche decidimos disfrutar de una cena y una cerveza en probablemente el mejor sitio de la ciudad... la terraza de un piso 16 con vistas de la ciudad iluminada bajo nosotros, en medio de un agradable entorno juvenil, a un precio bastante razonable.

Al día siguiente y bastante descansados, nuestro pequeño objetivo era ver algo más de la ciudad. Un conductor de auto nos llevó a varios sitios gratis con la condición de ir a "tiendas de souvenirs para turistas", donde evidentemente no compramos nada, y menos a "precio de turista". El truco estaba en que si el conductor de auto llevaba gente, comprara o no, le daban un ticket de gasolina, y a nosotros, como no teníamos prisa alguna, pues no nos importó. Tras pasar por 3 tiendas, decidimos que jugar al turista no era ya tan divertido y que preferíamos hacer camino por nuestra cuenta, así que prescindimos de los servicios del caballero y emprendimos camino al centro mercantil: el mercado de la ciudad, con su impresionante mezquita y sus calles abarrotadas de gente, como si del Rastro de Madrid estuviéramos hablando.

Y de allí, al Jardín Botánico. Todo estaba muy bien arreglado y cuidado, pero la distribución era un poco caótica y a veces te dirigías (por las indicaciones) a ver algo que finalmente no encontrabas. Tras la agradable visita, finalmente fuimos a donde yo realmente quería a toda costa ir: el templo de Shiva. Imaginaos que vais al Corte Inglés de cerca de Sol (Madrid) y allí veis instalado Cortylandia... bien, pues esa es más o menos la impresión que me causó, y afortunadamente Shiva no cantaba ninguna canción absurda. Muchísima gente, muchísimos mostradores y muchísimos "packs de pooja" para hacer ofrendas... digamos que nos encontramos en un "supermercado de religión". En el centro del recinto, un magnífico Shiva de unos 30 metros de altura y hecho como de cartón piedra (pero del bueno) presidía su templo mientras, a un lado, un pequeño grupo de música cantaba y tocaba en directo mientras una pantalla iba mostrando la letra para que el que quisiera acompañara con su voz. A pesar de ser algo bastante extraño, a mí me encantó... a fin de cuentas, Shiva, Ganesh y la "historia de la familia" es lo que más me interesa de momento de la mitología hindú.

El fin de semana ya estaba a punto de terminar, pero antes de coger el autobús de vuelta a Hyderabad pudimos disfrutar (en su máxima expresión) de un par de filetes de ternera de la buena (y pondría en un neón TERNERA DE LA BUENA) en "The only place", un sitio en Church Road donde puedes deleitarte con los placeres de la carne (como podéis apreciar, es algo muy muy extraño aquí en India). Así que, con el estómago lleno y sin más incidentes, dijimos adiós a Bangalore... o es más bien un hasta pronto?

jueves, 3 de noviembre de 2011

Dharmakarma

El camino de la virtud es el camino por el que se rige todo el universo, así como el propio individuo en términos singulares. Es la fuerza invisible que decide el destino del mundo, y el que cada uno elige llevar para así contribuir al equilibrio innato de las fuerzas del bien contra el mal. Aunque suene muy épico, creo en ello.

El dharma alude a la actitud frente a la vida, expresando una ética no escrita que se supone hace girar el globo terráqueo, una confluencia de energías positivas y negativas que llevan al equilibrio de la vida, tal y como la conocemos. Es, a fin de cuentas, una interrelación que evita el colapso de la civilización gracias a la existencia de la dualidad que, de manera natural, procura un balance en la existencia.

El karma sin embargo se basa en el principio físico de la "acción-reacción" (y repercusión). Según se estamenta, nuestro destino se decide principalmente en las acciones que desempeñamos, buenas o malas, y que éstas, a posteriori, pasan factura positiva o negativa. Según las filosofías orientales, la recompensa o el castigo puede llegar en esta vida o en otra futura, y las acciones pueden ser las realizadas en esta vida o en otra anterior. Exceptuando la parte violenta en algunos concretos casos, a mi juicio sería como una "Ley del Talión", y por lo cual se supone que, aunque la vida dé muchas vueltas, en el fondo nuestro universo particular no sólo está decidido por nuestras acciones ni por las de un Ser Supremo, sino también por nuestra interacción individual con nuestro entorno.

Trasladándolo a nuestras costumbres occidentales, puede ser un poco como se le dice a los niños pequeños: "Pórtate bien, que si no, no vienen los Reyes Magos"... o como me acabo de acordar, "De lo que das, recibirás". Así que a portarse bien toca.

Las dos caras de la India

Hay dos formas de conocer India: viajando y viviendo.

Todo el mundo que viene a India, por regla general, ven la hermosa India del norte (Delhi, Agra, Varanasi...) y vuelve maravillada diciendo que todo es precioso, que la gente es muy agradable y en general, que han vivido una experiencia muy gratificante. Grupos organizados, guías políglotas que te llevan de la mano a ver lo mejor, hoteles de muchas estrellas y sólo una o dos semanas de viaje... así se disfruta hasta en el infierno. Por el otro lado, existe también el viajero de "tiempo sabático", que experimenta la vida en este país sin ningún tipo de ataduras excepto el tiempo y el dinero, pero con una completa libertad para saborear con paciencia lo que esta tierra tiene que ofrecer... viajando de norte a sur y de este a oeste, uno puede deleitarse con, incluso, la oportunidad de "encontrarse a uno mismo".

Luego estamos los que vivimos la India en sentido literal: vivimos aquí. Por regla general, la adaptación es un proceso que uno nunca sabe cuándo va a terminar exactamente, y dependiendo de la ciudad puede ser más o menos intenso. Con total seguridad, alguien que vive en Chennai no vive igual que alguien que resida en Gujarat, Kolkata, Mumbai, Bangalore o Hyderabad. Y a mí en concreto me ha tocado la fea, gorda, coja y desagradable Hyderabad para bailar.

Seguramente si me hubiera tocado alguna de las ciudades "guapas", quizá vería la vida con otros ojos, pero realmente ésta no es la ciudad más bonita del mundo, ni muchísimo menos. En cuanto al ambiente, está hipercontaminado, tanto acústica como higiénicamente hablando, gracias a la contribución del altísimo número de vehículos que por sus calles (por llamarlas de alguna manera) circulan, el poco civismo de la gente que tira cualquier cosa a la calle (objetos, basura, esputos de "pan"-mezcla de hierbas "aromáticas" que la gente gusta mucho de mascar- orina y heces entre otros) y la maravillosa atracción de porquería por doquier. Por ejemplo, limpias la terraza y por arte de magia y (con perdón) mierda, se te transforma en una magnífica mezcla de trabajo en vano con más suciedad de la que antes de limpiar había. Y del ruido, ni hablemos... desde la calle hasta el lugar de trabajo, donde en todos y cada uno de los pisos están haciendo obras y el delicioso daño que hacen a los oídos llorar de rabia y de coger al de la máquina de turno y metérsela por el...

La sociedad en general es bastante decadente en cuanto a maneras, y mientras uno intenta respetar las colas por ejemplo, la gente está costumbrada a pasárselas por donde les place y a ponerse ellos los primeros. Es bastante gracioso, ya que muchos autobuses rezan: "In India, it's always you before I" (En India, siempre tú vas antes que yo). Qué bonito es soñar. La mayoría de la población no conoce el respeto ni el derecho a la intimidad ni valores de convivencia normales. Sé de sobra que por mucho que quisiera, no podría cambiar el tercer mundo, pero la gente se piensa que, como eres extranjero, eres algo parecido a un cajero automático con piernas... e incluso, si das alguna monedilla a alguna persona de la calle, hasta te piden más. Asimismo, al parecer la clase alta es la que más falta tiene de educación pues ya que tienen dinero, no la necesitan y sólo se limitan a vivir vidas estrafalarias y a gastar de manera incontrolada (por lo menos le hace bien a su país y a su ciudad). La pena de todo esto es el gran abismo que hay de los unos a los otros, aunque en el fondo comparten lo mismo en su mayoría: la falta de respeto y de educación.

Parece que me estoy quejando de este país, pero no es así: lo estoy describiendo. Eso sí, tengo que reconocer que este país tiene también cosas maravillosas, pero de eso ya hablaré en otro momento... voy a ver si molesto a alguien por una rupia y le echo un vistazo más de cerca a las dos caras de la moneda.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

...to be continued

Lamento mucho no haber seguido con la sana costumbre de actualizar el blog, pero tengo que decir sinceramente que ha sido porque han acontecido muchas cosas últimamente y mi mente no ha sabido darles prioridad a la hora de publicarlas.

Afortunadamente, tengo varios frentes literarios abiertos con los que espero deleitaros, como por ejemplo el viaje a Bangalore, el viaje a Goa o, por ejemplo, una entrada titulada "Las dos caras de la India" o "Shiva y su familia".

Próximamente, en sus pantallas... paciencia... to be continued.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Hampi Dumpty

Todas las expectativas estaban puestas en Hampi... buenas referencias, buenas fotos, buenas vibraciones. Al parecer, Ana ya tenía un presentimiento antes de partir. Esperamos ansiosos para montar en el bus y dormir cuanto antes... yo por mi parte, había madrugado para trabajar y el día había sido bastante largo y agotador. El interior del bus no estaba nada mal y además, los asientos "semi-sleeper" venían con mantita, cosa que se agradece teniendo en cuenta que el aire acondicionado va a todo trapo durante todo el trayecto.

Al llegar a Hospet, como en Cuba: hordas de personas abordándote nada más salir del autobús para ofrecerte alojamiento o desplazamiento (o incluso ambos). Tras la furiosa negativa inicial a todo (como es lógico, nada más despertar), un par de chais nos ayudaron a tener la cabeza un poco más despejada. Después del pequeño solaz mientras la jauría de conductores miraba cómo acabábamos el minidesayuno, decidimos ir a Hampi y cruzar el río hasta la isla (Hampi Island o Virupapur Gaddi). El camino en el auto no fue demasiado largo, y nos cruzamos con varias "peñas" corriendo mientras transportaban una antorcha (como previo a los juegos olímpicos) con motivo de la festividad de Ganesh, lo cual le dio un toque de humor al recorrido.

Antes de nada, comentar que lo que identifico aquí como Hampi es el pueblo en sí, y es donde están todos los templos (se dice que hay más de 350); la isla es la parte donde están los alojamientos bonitos, con vistas al río y donde se suelen alojar en su mayoría turistas... por cierto, en el pueblo, al ser zona "religiosa", no se permite ni fumar ni beber.

Al llegar a la ribera del río en Hampi, nuestra sorpresa fue que, al estar el río muy crecido, no había barcas para cruzar (estamos hablando de una distancia de 100 metros entre Hampi pueblo y la isla). Como no nos terminamos de fiar mucho de lo que dice la gente (sobre todo yo, que en el 80% de las ocasiones pienso que casi todo lo adverso que me dicen viene con la oscura intención de obtener más dinero), seguimos preguntando pero efectivamente nada: no hay barcas hoy... mañana ya veremos. Vimos a una pareja por los alrededores y les preguntamos si también iban a la isla, y al ser su respuesta afirmativa, compartimos un auto hacia la isla por la carretera de atrás, pasando por Hospet (en total unos 60 km).

Cuando al fin llegamos a la parte de río más cercana a la isla, sólo nos separaban 3 metros de agua, con lo que Ana y yo decidimos trepar por unas rocas cercanas para vadear el riachuelo mientras la pareja usaba una "barca-concha" de bambú para cruzar la misma distancia. Caminamos un rato mirando las distintas guest-houses y comparando precios, hasta que nos decantamos por la Shanti Guest House, la más cara (800 Rs la noche), pero también la más bonita: teníamos una cabaña en altura mirando al río y con un porche... una cama-balancín fuera y cama doble con mosquitera y baño bastante decente... perfecto.

Vaciamos las mochilas y nos aseamos un poco para aprovechar e ir a desayunar/comer a Narguila, una guest-house bastante económica (250 Rs) y con mucho ambiente juvenil. Por el camino, tiendas de ropa "hippie" y no tan "hippie", a precios realmente atractivos y con diseños más que agradables... no pudimos evitar comprar algo. Respecto a Narguila, se estaba fatal allí... tumbados sobre colchones tapizados, rodeados de cojines, saboreando una cerveza mientras el sol nos deleitaba con su fulgor y el viento acariciaba los arrozales cercanos... fatal, como os podéis imaginar. Y como estábamos tan mal, decidimos seguir sufriendo todo el día en la isla, con una siesta en el balancín del porche, mirando el río mientras nuestros ojos se cerraban y nuestros cuerpos hacían el koala. Tras algo de lectura y tiempo de nanear (hacer nada), decidimos volver a Narguila para ver si nos encontrábamos con un español que habíamos conocido esa mañana. Efectivamente, allí nos lo encontramos, junto a su mujer y un par de viajeras más: una francesa en sus cuarentas y una veinteañera italiana. Pasamos un agradable rato entre unas cervezas y algo de conversación acerca de sus experiencias durante su viaje por India, tras lo cual decidimos retirarnos a nuestros aposentos y descansar para el día siguiente.

No nos despertamos muy tarde y desayunamos en nuestro "hotel"... yo tortitas con chocolate y ella un superdesayuno con tortilla de queso y tomate, judías con tomate, champiñones y tostadas. Compartir es vivir. Preguntamos si había barcos para cruzar a Hampi y la respuesta fue la misma: no, pero podíamos cruzar al otro lado por donde el día anterior. Lo pensamos y decidimos que lo mejor sería cruzar y alquilar una moto. Eso hicimos, pero cruzar el río (que estaba algo más crecido) nos salió por el doble que el día anterior (ley de la oferta y la demanda). Alquilamos una TVS que se asemejaba bastante a una Mobilette (por 150 Rs) y cogimos carretera hasta Hampi, pasando por Hospet. El paisaje era sublime, entre rocas gigantescas y milenarias que se soportan entre sí por rocas minúsculas, y que así han seguido con el paso de los años, observando agricultores trabajando en sus arrozales y vacas con los cuernos de colores mientras rodábamos por una carretera que no estaba del todo mal. Mi primera experiencia sobre ruedas en India.

Finalmente llegamos a Hampi, y antes de visitar el pueblo, decidimos comer en el "Mango Tree Restaurant" un thali (plato combinado del sur de India que en Hyderabad llaman "tiffin") mirando al río Tungabhadra y rodeados de turistas, tanto extranjeros como nacionales. Después, al templo Virupaksha, que está justo en el centro y es el más llamativo de todos los de alrededor, en parte por ser el de más altura. Entre monos y estatuas, conocimos a un local (de cuyo nombre no puedo acordarme) que nos hizo una visita guiada (incluyendo una presentación oficial a la elefanta Lakshmi que habita dentro del templo) por la voluntad. Mucha historia y muchos cambios de gobierno en la zona después, allí estábamos en uno de los templos dedicados a Shiva, donde observamos también una de las pocos bajorelieves eróticos que hay fuera de la zona de los templos de Khajuraho (donde los templos del Kamasutra). Como se nos hacía tarde y aún quedaban cosas por ver, nos movimos hasta Matunga Hill, hasta cuya "casi-cima" subimos para admirar las maravillosas vistas que las alturas nos regalaban. Lo único malo, una pandilla de monos que por allí rondaba y que no nos daba muy buena espina (incluyendo una mona manca y con pintas rojas en la faz).

Bajamos de Matunga y nos encontramos otra vez con nuestro compatriota del día anterior, con quien compartimos una breve charla antes de saber que era tarde y que debíamos volver a devolver la moto y cruzar el río para llegar a nuestro acogedor alojamiento. A toda rosca emprendimos el camino de vuelta, de casi una hora y sobre todo tipo de carreteras, incluyendo caminos rurales sin asfaltar, carreteras en buen estado y carreteras en obras donde no quedaba otro remedio más que ir adelantando a toda velocidad y con toda la precaución del mundo camiones y vehículos varios. Al llegar ya era de noche y acababa de salir la última barca... y para más inri, las llaves de la moto no estaban puestas: doble problema. Por un lado, la señora que nos había alquilado la moto, despotricando en Kannada (idioma oficial de Karnataka), y por el otro, la pasividad de los locales presentes que no hicieron nada para intentar llamar una barca del otro lado para recogernos. Ese día el río había crecido tanto que los 3 metros del día anterior se habían convertido en 30, y eran insalvables. Decidimos esperar para ver si existían los milagros, pero las personas que allí estaban cerraron sus tiendas y allí nos quedamos ambos en la absoluta oscuridad. Nos acercamos a un grupillo de hombres que charlaban amenamente a unos metros de nosotros y que nos ayudaron a encontrar un alojamiento en el grupo de casa que por allí había, entre manadas de búfalos y vacas pacíficamente paciendo alrededor.

Nos encontramos durmiendo en el suelo en una habitación que tiempo atrás fue (según mi intuición) sede de un partido político o una comunidad vecinal, con un baño algo más que sucio y algunos grillos cantando toda la noche por la habitación... una noche para no olvidar. Intentamos dormir todo lo que pudimos para que el día se terminara lo antes posible y así encontrarnos con el amanecer y poder al fin cruzar al otro lado... más tarde ese día solucionaríamos todo lo pendiente, pero lo primero era lo primero: ducha, desayuno y siesta.

Volver a nuestro "bungalow" fue una experiencia cuasi-religiosa, y me sentí un recién nacido tras la ducha y el posterior desayuno. Explicamos nuestra situación a Rahu (del hotel), y ya todo el mundo estaba al tanto, así que no vio mal el cambiar nuestra hora de check-out de las 10 hasta algo más tarde, así que nos echamos una siesta a su salud. Un rato después (segundos? minutos? horas?) nos estaba llamando para advertirnos que si queríamos cruzar al otro lado, era nuestra oportunidad, ya que la única barca saldría en un rato. Recogimos y nos dispusimos a coger la barca-concha, que había cuadruplicado su precio desde que llegamos, alcanzando el valor de 500 Rs por los dos. Yo, al ver cómo estaba de crecido el río y el viento que soplaba, no tenía mucha fe en que alcanzáramos la otra orilla, pero por lo menos Ana y yo somos buenos nadadores y no teníamos miedo ante lo imprevisto.

Cruzamos con éxito en la abarrotada embarcación de bambú y una pareja nos ofreció compartir transporte hasta Hospet. Antes, arreglamos lo del tema de la llave de la moto: seguramente se cayó del contacto en uno de los numerosos baches que sorteamos en el trayecto del día anterior. Con 500 Rs el problema se quedó solucionado y nuestra conciencia tranquila, así que emprendimos el camino a Hospet. Nos apeamos en una de las calles donde vimos que había un restaurante con buena pinta y allí que paramos a comer y descansar un poco. Como el bus lo teníamos a las 9, simplemante callejeamos un poco y finalmente establecimos nuestro campamento base cerca de donde posteriormente cogeríamos el bus. La espera se hizo amena entre una charla con un espontáneo que por allí pasaba y con las distintas "peñas" que festejaban por enmedio de la calle la festividad de Ganesh. Al fin, cogimos el autobús de vuelta a Hyderabad y felizmente llegamos a casa.

Conclusión: volveremos cuando el río no vaya a crecer... merece la pena.

martes, 30 de agosto de 2011

Ramadán... ding dong!!!

Anoche mi amigo Harish llamó preguntando qué íbamos a hacer: terminaba Ramadán y debíamos comer Haleem otra vez, ya que era el último día. El Haleem es una comida especial (y especiada) típica de Ramadán, que se parece a las papillas de estofado, cocido, etc. que mi madre me hacía cuando me operaron de la boca. A decir verdad, está realmente bueno, pero contando con mi anterior experiencia no me apetecía mucho, ya que aquella noche fue toledana para mí y mi estómago. Es un plato hipercalórico que se hace desde la mañana en hornos de leña expresamente hechos para tal propósito y que se puede obtener prácticamente en toda la ciudad, siendo por recomendaciones de los lugareños Pista House en Tolichowki y Shah Goose cerca del Charminar los mejores sitios para degustarlo... éste último ha ganado en el concurso anual que se calebra en la ciudad para galardonar al Haleem más rico. Está elaborado fundamentalmente a base de carne, que al estar cociendo todo el día, termina teniendo una textura de puré. Además, que yo haya podido apreciar, lleva hierbabuena, algo de comino y canela. Lo que más se utiliza es cordero o cabrito, pero también lo hay de pollo, y me suena que hasta este año han lanzado el vegetariano, pero al parecer no ha resultado muy exitoso. Tras unos instantes de duda, nos decantamos por Haleem, pero en el barrio.

Descubrimos que vivimos probablemente en el barrio más castizo (nunca pensaría que fuera a emplear esta expresión aquí) de Hyderabad, y la calle principal (First Lancer) estaba abarrotada de musulmanes y musulmanas con sus mejores galas, mientras puestos de ropa, comida, etc. flanqueaban las calles hasta el final de nuestro vecindario. Tras comprarme un polo por poco más de un euro y llevarnos 2 juegos de sábanas y una alfombra por poco más de 15, decidimos que como ya había sonado la sirena hacía un par de horas (que avisa que "ya se puede comer"), la mejor opción sería cenar en un sitio del barrio que del todo no tenía mala pinta y donde además nos podíamos sentar.

Rodeados de lugareños y cohabitantes de Ahmed Nagar (Masab Tank, nuestro barrio), al principio llamamos la atención por ser occidentales, pero unos minutos después nos habíamos ya mimetizado entre los comensales. El Haleem estaba sinceramente exquisito... ni muy fuerte ni muy picante ni muy caliente: en su punto. A eso le añadimos un plato de biryani del que prácticamente di cuenta yo sólo, con el excelente sabor de una salsita que a mí me recordaba al Dal pero que no era Dal (ya hablaré en otro post del Dal, al cual adoro). Y para terminar, un par de Chais (té con leche... típico de aquí) y un dulce del cual no recuerdo el nombre pero que estaba muy bueno... era como una especie de sobao pero seco, aunque mojado en el Chai estaba muy sabroso. Pagamos la cuenta (150 rupias... unos 2'50 euros por los dos) y compramos unos dulces para llevarnos a casa.

Para completar la noche, nos dimos un paseo y nos compramos cada uno un frasquito de perfume de aceite, envasado en un tarrito de cristal con roll-on para esparcir mejor la fragancia, por casi 3 euros ambos. Pasamos también por un par de tiendas de pulseras (aquí son muy comunes), pero con gran pea, no tenían del tamaño de la muñeca de Ana, ya que aquí las mujeres son muy menudas y cuando las ves, sueles pensar: esta mujer debería comerse un buen bocadillo. Tras el fallido intento de las pulseras, decidimos volver a casa, y justo antes de girar a la izquierda para encarar nuestro edificio, vimos que habían puesto una jaima para hacerle la henna a las mujeres, con lo que mi cónyuge decidió hacerse las manos.

Mientras Ana compartía cultura con las "chicas del barrio", yo decidí hacer vida de hombre de barrio, así que charlé un rato con los maridos que allí a la puerta esperaban como yo. Como es normal, la ronda habitual de preguntas (de dónde eres, dónde trabajas, cuánto cobras y de qué religión eres... son de las favoritas), y por mi parte, la ronda habitual de respuestas. Nayeem, nuestro amigo de la tienda de al lado (donde compramos agua, recargamos los móviles, etc.) me llamó, y allí estuvimos de cháchara hasta que terminaron con Ana, quien no estaba muy satisfecha con el resultado.

A diferencia de otros días, el final de esta jornada no fue especialmente escandalosa como yo esperaba. Conforme se acercaba el final del Ramadán, todas las noches se podía escuchar cómo diferentes personas cantaban a través de los altavoces de los diferentes Masjids (mezquitas) cerca de nuestra casa, y he de reconocer que algunos de ellos cantaban extraordinariamente bien y resultaba muy agradable el soniquete. Anoche el ambiente estaba muy calmado, sobre todo porque "ya se puede comer"... a todas horas.

Esta mañana, como cualquier otra, esperaba a que mi compañera Donna me recogiera para ir a trabajar, pero a las 8:50 recibí una llamada diciendo que no podía llegar a mi casa y que si me podía coger un auto para ir por otro lado. Al principio no entendí muy bien el porqué, pero al subirme en él y avanzar hacia mi trabajo, gran sorpresa... coches aparcados en doble y triple fila hasta el cruce de Masab Tank, donde bajo la autovía, cientos de musulmanes con su alfombra rezaban al unísono. No llevaba mi cámara conmigo con lo que no pude retratar el momento, pero la verdad es que impresionaba. Al ver que por allí no había manera de pasar, el conductor optó por callejear por detrás de toda la marabunta hasta que tras casi media hora y un mensaje para avisar de la situación al College, llegamos a road number 12 y de allí, todo recto a Shaikpet Nala. Nunca había visto la carretera tan desierta y sin tráfico... ha sido bastante extraño.

Al llegar a trabajar ningún problema, ya que todo el mundo había experimentado lo mismo que yo y había llegado un poco tarde. Curiosamente, este año ha coincidido que el fin del Ramadán se ha acoplado con la festividad de Ganesh (Ganesh Chaturthi), y en mi campus los alumnos recopilaron ayer dinero para comprar una imagen del dios elefante para que presida nuestro colegio, ya que es la deidad de la prosperidad y la sabiduría. Asimismo, parte del personal femenino está elaborando un Rangoli (un mandala en el suelo hecho a base de pétalos de flores de distintos colores) en la puerta de entrada. Tras 10 días, la gente marcha en procesión con su Ganesh para darle una despedida tirándolo al río, lago o similar, hasta el año que viene.

Estaré al tanto de lo que va aconteciendo en esta festividad de Ganesh, pero acerca del Ramadán, esto es todo, amigos... hasta el próximo Haleem!!!

martes, 23 de agosto de 2011

3 viajes por Andhra Pradesh

La APTDC es la oficina de turismo de Andhra Pradesh, el estado del cual Hyderabad es capital. Ofertan viajes dentro de la provincia a un precio bastante asequible y mucha gente de aquí suele hacer uso de este servicio para conocer mejor la provincia donde vive, como nosotros.

El primer viaje que realizamos con APTDC fue bastante emocionante, sobre todo gracias al factor novedad, ya que no sabíamos cómo iba a ser. El minibus sin aire acondicionado salió por la mañana, y tras unas horas de viaje y una parada para comer, llegamos a Alampur. Es un pueblo con varios templos y muchos monos campando a sus anchas... con mucho atractivo. En un templo, junto a los demás viajeros, participamos en una ceremonia consistente en dar tres vueltas al templete, beber un jugo azucarado y recitar un mantra para posteriormente recibir la bendición con unos granos de arroz sobre la cabeza, un bindhi (ver entrada "Bindhi" del blog), unas pulseras, pétalos y un par de limones como regalo. Tras otro par de horas rodando por una carretera llena de baches y tierra llegamos a Mantralayam rozando la noche.

El trayecto nos regaló una insulsa visión del estado que habitamos, con parajes áridos y sin mucho atractivo para los sentidos. Ya en este pueblo visitamos el centro de peregrinación del gurú Raghavendra Swami, que es un templo donde acuden personas de todas partes a rendir tributo al fallecido gurú. Más que un templo, parecía en Carrefour de los templos, ya que desde todas las pantallas de televisión en el recinto se podía seguir al momento todo lo que allí acontecía. Al entrar, me hicieron quitar la camiseta como todos los hombres y la verdad es que lo agradecí, ya que me hizo sentir más cercano a lo que estaba pasando a mi alrededor, sin ningún pudor y con el máximo respeto, a pesar de mi barriga fluorescente en contraste con el tono de piel de los hindúes. Tuvimos la fortuna de contemplar cómo sacaban en "procesión" el trono de oro (hay otro de plata y otro de madera) que la gente había pagado por ver dar vueltas al claustro del templo con gran excitación y rodeado de policías literalmente "acordonando" el recorrido con una soga para que los fieles no invadieran la "calle". Al salir del templo y junto al grupo, entramos en un edificio adyacente para cenar... por 2 rupias!!! Evidentemente, no era un restaurante a la carta, sino arroz vegetariano que los monjes de allí cocinan para los fieles, pero... por 2 rupias!!! Que alguien por favor (para sus adentros) haga la conversión a euros (o céntimos más bien)!!!

Tras un breve paseo por el pueblo, volvimos a la habitación, que no era precisamente una suite... sólo comentar el detalle de que, al poner el ventilador del techo, conchones de pintura caían silenciosos pero amenazantes, entre paredes que necesitaban a gritos combatir la humedad de alguna manera y de forma urgente. A la mañana siguiente y tras un discreto desayuno en el pueblo y a nuestro aire, de vuelta a Hyderabad con una breve parada en unos campos de algodón y "lady finger" (un vegetal curioso con la forma de un pimiento y piel como la de un melocotón, muy apreciado para hacer curries), una breve oración en un templete dedicado a Sai Baba a pie de carretera y una rápida comida de camino.

El segundo viaje fue a Nagarjuna Sagar, un lago al sur de nuestra ciudad. Salimos por la mañana temprano con una inexplicable parada para desayunar a la media hora, y tras un par de horas más de trayecto hicimos una parada en el complejo que la APTDC tiene a orillas del lago. Quizá fuera porque no hacía un día de los más idílicos que hemos tenido el placer de gozar o quizá porque el lago parecía un embalse más de los tantos que ya hemos visto y que han pasado por nuestra vida como un discurso de Navidad del Rey (sin pena ni gloria), no presentábamos mucha expectación en lo que íbamos a ver. A las 12, a comer sin mucha hambre, ya que por el camino ya íbamos dando cuenta de los víveres de los que veníamos abastecidos y afortunadamente, la comida aquí no era especialmente exquisita, a decir verdad. Luego, desde aquí nos fuimos al embarcadero del lago donde tras una larga, pesada y calurosa espera logramos embarcar entre empujones, abuelas que se colaban y un hastío bastante desmotivador, provocado sobre todo por el nefasto guía que nos había tocado.

El viaje en barco tenía como meta una islita donde sólo había un museo y tras un par de anécdotas dignas de contar "entre cañas", volvimos al embarcadero otra vez, rozando el atardecer. Sólo nos quedaba visitar las cataratas, pero era ya prácticamente de noche, con lo que dedujimos que no las podríamos ver. El caso es que llegamos a las cataratas y sin luz, pero al entrar al recinto observamos que había un sistema de iluminación para las mismas, pero como las instalaciones eléctricas son tan estupendas aquí, sólo pudimos verlas iluminadas dos minutos porque se fue la luz. En la cantina, nada normal que comer, así que las ganas de volver a casa se incrementaban por momentos. Al llegar a Hyderabad sentí un gran alivio.

Y con mucha suerte puedo comentar que el último viaje que hemos realizado ha sido con diferencia el mejor de todos y, por supuesto, lo repetiremos (a poder ser, con amigos). El viernes por la noche, sobre las 21:30, cogimos el autobús en Basheer Bagh, y al poco de subir, un servidor se quedó totalmente dormido, como un niño pequeño. Despertamos por la mañana al llegar al complejo Haritha (así se llaman todos) de la APTDC en Bhadrachalam para una hora de aseo en una habitación que la organización ponía para nuestro uso y disfrute... una hora que aprovechamos para echar una siesta en una cama, como Vishnú manda, tras una noche maldurmiendo en el bus, esta vez con aire acondicionado (y sus nefastas consecuencias para la garganta, aun a pesar de ir tapado). Tras la llamada desde recepción, bajamos al bus para ir al templo de Rama en esta localidad. Tras haber visitado ya otros templos, éste parecía algo más austero que los demás, pero tenía su atractivo, y al finalizar la visita, otra vez a Haritha, pero esta vez, para un desayuno picante (en el sentido más literal de la expresión). Ahora tocaba excursión a Parnasala, donde visitaríamos el templo-aldea donde Ravana, en sueños, abdujo a Sita, la novia de Lord Rama. A la salida nos cautivó una niña preciosa con ojos enormes y que, tras darle un caramelo, seguía sin soltar prenda... nos quedamos con ganas de llevárnosla a casa. Otra vez, de vuelta a comer a Haritha una excelente variedad de platos vegetarianos donde evidentemente encontré mi querido Dal Fry, del cual di buena cuenta con tres platos generosamente acompañados por arroz.

Ahora sí, y todos en el autobús, nos dirigíamos al barco que nos llevaría a Papikondalu. Yo caí dormido nada más entrar en el autobús, y cuando Ana me despertó al llegar... tremenda sorpresa! De repente, el paisaje se había tornado en una selva majestuosa que nos regalaba los sentidos con un verdor reluciente. La bajada al barco, entre árboles y arena, prometía que este viaje iba a ser inolvidable. Esta vez, el barco era sólo para nuestro grupo, sin empujones ni prisas, y con sitio más que suficiente para todos. El trayecto era delicioso, navegando entre montañas pobladas de esplendor, como los primeros minutos de Jurassic Park, cuando van en helicóptero a la isla de los dinosaurios... observando aldeas con chozas de bambú a ambos lados del cauce y sus habitantes disfrutando de un baño en las aguas del sagrado río Godavari entre su quehacer diario, sin electricidad ni todos esos utensilios que creemos necesitar. Llegamos así a un conjunto de cabañas de bambú junto al río, con vacas en la playa y una agradable tarde a Kolluru, donde haríamos noche. Tras la asignación de nuestra cabaña, intentamos tomar un café pero nuestro pequeño y gracioso con la vaca Manolita (la bautizamos así) lo hizo algo imposible. Nos hicimos unos amigos con los que compartimos una agradable charla bajo el techo de nuestra choza mientras llovía. Tras esto, una agradable cena, algo de conversación y a dormir. Hubiera sido ideal compartir momentos agradables con los nuestros allí, entre una hoguera, unas copas y unas buenas risas.

A la mañana siguiente y madrugando, acudimos a desayunar y tras el (otra vez) picante desayuno, a hacer un trekking hasta unas caídas de agua donde nuestros compañeros de viaje aprovechaban a bañarse (ellos en calzoncillos y ellas en saris), y nosotros, a sacar fotos del paisaje mientras nuestra piel se quemaba sin darnos cuenta (no pensábamos que iba a hacer tanto sol ni tanto calor). Al volver de la "miniexcursión" sólo eran las 10:30, con lo que descansamos un poco en la choza (que por cierto se estaba muy agustito, ya que corría bastante el fresquito) hasta la hora de la comida. El tiempo acompañaba a la perfección y dondequiera que miraras, la majestuosidad de la naturaleza que nos rodeaba nos invitaba a quedarnos más tiempo allí, pero lamentablemente después de comer debíamos volver. Alguna gente de nuestro grupo, al pasar por cerca de nuestra choza, nos recordaba que la comida estaba ya lista, así que aprovechamos para darnos una ducha admirando una de las agradables montañas a nuestro alrededor. Ya fresquitos, degustamos nuestra última comida en Kolluru y nos preparamos para la vuelta. En el trayecto de vuelta paramos en una aldea a la ribera izquierda del Godavari donde entramos a un discreto templo y compramos algo de artesanía hecha por los lugareños a base de bambú. El resto del crucero fue muy agradable, y disfrutamos del sol en la proa mientras nos tomábamos un café entre colosos frondosos de color esmeralda diciéndonos adiós. Al hacer tierra, foto de grupo y otra vez de camino al Haritha de Bhadrachalam a cenar. Sobre las 21:30 emprendimos finalmente la vuelta a Hyderabad, donde llegamos a las 5:30 de la madrugada. Sin duda, repetiremos este viaje... estas líneas desgraciadamente ni se acercan a la sensación de relajación y placer que sentimos mientras lo vivimos... ojalá algun@ de vosotr@s pueda estar aquí con nosotros para disfrutarlo.